viernes, 2 de mayo de 2008

Reglas para hacer la “perfecta taza de café”

Instructions for gringos

De vez en cuando, en medio de la balumba producida por los famosos cambios de Montecristi, que van demostrando que la palabrería está ocupando mucho más espacio que las ideas matrices que debían hacer la transformación nacional, no está mal dedicar esta columna para temas regocijantes o, al menos, ligeros o light.


No sé si los lectores se han detenido a leer cuidadosamente las instrucciones de los productos made in USA, escritas, por supuesto, para los consumidores de habla inglesa, maltratados por los productores y sus asesores como si fuesen adultos ingenuotes o niños que apenas abren sus celestes ojos a la realidad de la vida.

Aunque no me sobra el tiempo, por la fuerza casi inercial de la costumbre me ha sido dado que todas las mañanas de Dios, pueda fijarme en un tarrito que contiene un café soluble o instantáneo, hecho en las lejanas tierras de arriba el Río Grande.

El recipiente trae instrucciones escritas en su abombado costado. Yo las he leído mil veces, con la admiración que merece un texto dignísimo de constar en un tratado de los disparates. Se trata de reglas para hacer la “perfecta taza de café”, asunto que, de entrada es, por sí mismo, una idiotez, porque la diversidad de gustos hace que la perfección alegada jamás pueda ser universal. Además, las indicaciones y la intención son tan simples que solamente pueden servir a la gente simplona y bobalicona. Después del pomposo título que he traducido y copiado al pie de la letra vienen los siguientes pasos, cada uno más trascendental y enjundioso que el otro. Primero: “Hierva agua en una tetera o en el microondas”. Digo yo y si a alguien se le ocurre calentar el agüita en una cocina normal o en leña ¿ya no saldrá la perfecta taza de café? Segundo: “Use una cucharadita de café (se refiere al polvo soluble) por cada taza” ¿por qué la perfección debe estar atada a esa medida si hay personas que prefieren esa bebida más cargada o más leve? Si la dosificación cambia, ¿desaparece la perfección?

Tercer paso sabio: “Para mejores resultados (¿será posible superar lo perfecto?) ponga el agua sobre el café”. Como es de suponerse, mis conocimientos de la física y de la química son escasos, lo cual vuelve más difícil averiguar qué tiene que ver con el sabor, que es lo que importa, que el agua o el polvillo vayan antes o después.

Cuarta y última instrucción antes de beber la pócima extraordinaria, cuasi celestial: “Remueva y saboree”. Cuidadito con no remover y luego saborear. Aquí, además, diríamos al crío inexperto o al adulto lelo: “Tomarás soplando”.

Dejando de lado la inigualable receta que he copiado paso por paso, nos pasemos “al fuerte” para decir, casi con aire de intelectual, que solamente el paulatino triunfo de la tontería sobre la sensatez y la racionalidad explican la maravillosa explicación. No es mi intención sostener que el consumidor norteamericano sea menos inteligente que otros sino que, por una sutil norma no escrita, vigente en los tiempos que vivimos, lo obvio y axiomático, que es, exactamente, lo que no necesita explicación, se ha vuelto sujeto obligado de aclaraciones y de instrucciones, hasta para hacer una vulgar taza de café.



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