martes, 17 de febrero de 2009

Café de Puerto Rico

Hacen falta manos para recoger café

Adjuntas.- La falta de mano de obra para recoger los frutos del arbusto que cada mañana da placer a tantos puertorriqueños es uno de los principales problemas que enfrenta la industria del café.

Pocos quieren subir a las montañas mientras el candente sol tropical les tuesta la piel. Otros menos quieren exponerse a las hormigas, mosquitos, abejas y abayardes que conviven entre los cafetales. Tampoco desean mojarse y resbalar por la loma.

Pero muchos anhelan disfrutar el resultado de esa gesta laboral, convertido en la estimulante bebida que llamamos café.

¿Quiénes entonces están dispuestos a lidiar con las condiciones del campo? La gente de la montaña: Don Juan Núñez, de 54 años, y Doña Marta Bermúdez, de 57; el agricultor de una pequeña finca Plácido Martínez Rivera; y la joven madre soltera que buscaba un sustento para su prole, Aracelis “Celi” Ramos.

Tienen historias diferentes, pero sus vidas coinciden en que sus progenitores recogían café, no tienen grados universitarios, ni terminaron el cuarto año de escuela superior, y el fruto del cafeto se ha convertido en su principal fuente de ingreso desde hace varios años, algunos por décadas.

“¡Válgame Dios! Hace tiempo, hace años, desde los 12 años pa'lante”, comentó don Juan.

Aunque también hay educadores, policías y trabajadores de la construcción que durante fines de semana o días libres aprovechan los meses de la cosecha para ganarse un dinero adicional recogiendo varios almudes (medida de recogido del grano).

“Se está viendo una tendencia de personas con más educación entrando en la recolección de café”, comentó a Primera Hora el presidente del Sector del Café en la Asociación de Agricultores de Puerto Rico, William “Billy” Mattei , durante un recorrido por varias fincas de Adjuntas.

Según el consenso de los recolectores, la falta de mano de obra responde a que la gente no quiere trabajar en el campo porque está acostumbrada a que el Gobierno la mantenga.

“El Gobierno debería de poner una ley que al que no se vaya a coger café le suspendan los cupones, pa' que usted vea cómo se va la gente a coger café”, subrayó Plácido.

Aunque también hay otros obstáculos que de superarse podrían estimular la entrada de braceros locales a las fincas, desde donde salen los almudes hacia alguno de los 120 beneficiadores que tiene Puerto Rico, según Mattei. Esto ayudaría a evitar la importación de mano de obra de República Dominicana o Haití.

Una de las alternativas es aumentar sus salarios y mejorar las condiciones de trabajo al facilitarles transporte desde sus pueblos hacia las fincas y crear campamentos para proveer duchas, sitios para protegerse de la lluvia y primeros auxilios, así como químicos para erradicar las hormigas. “Nada de esas cosas nosotros las tenemos ahora”, expuso Mattei.

La industria también ha tenido que enfrentar el problema del insecto de la broca, que comenzó a llegar en el 2007, y los costos de producción.

“Podemos llegar a otra época de oro, pero hay que cambiar muchas cosas todavía”, dijo el líder de los cafetaleros.

Pero sobre todas las cosas, aseguró Plácido, hay que estar enamorado de las labores del café.

“Para eso hay que sentir amor, pa' estar en una finca; gustarle de verdad”, expresó.

Un trabajador de la tierra

Sus brazos son fuertes, dorados por el sol, marcados por picadas de hormigas.

Son los de un trabajador de la tierra. Un hombre que sufre cuando la cosecha de café se pierde por falta de brazos que, como los de él, recojan el fruto.

Él siembra, recoge, vende y cobra el café cuando está en su etapa de uva. Lo que más le gusta del proceso es cobrar, confiesa sin reservas Plácido Martínez Rivera, de 51 años.

Las ganancias, sin embargo, se reducen cuando no hay braceros. Es la labor de todo un año lo que se pierde. "Da mucho trabajo y en el tiempo de la cosecha no aparece ayuda a veces pa' recogerlo y se pierde mucho", señaló.

Por eso cree que la industria "va cuesta abajo" debido, además, a la broca y el aumento en el costo del abono. La época de oro del café no volverá. "Lo que se fue ya, ya no vuelve. Es como la juventud de nosotros, nunca va a volver", opinó el hombre que también siembra chinas, guineos y plátanos.

Sus primeros pininos en el recogido del café se remontan a su infancia. "Desde que era un nene, porque yo me arrecuerdo que el viejo mío me llevaba a recoger café pa' la finca. Nos íbamos to'a la familia", recordó.

Sus tres hijos lo ayudan a veces, en algunos meses de la cosecha.

Hoy Plácido, un hombre con verbo para hacer reír, lamenta la falta de amor que tienen algunos por la tierra , porque "ése es el sustento del ser humano: la agricultura. Sin agricultura no hay vida y eso es lo que la gente no ve".

Recolectora por la necesidad

Aracelis Ramos Báez nunca pensó que se colgaría de la espalda una soga con un cubo para subir la loma y recoger café, al igual que lo hacía su madre.

Ella se preguntaba cómo una persona podía estar todo el día en el cafetal para recoger unos pocos granos.

No fue hasta los 27 años de edad que, al convertirse en madre soltera, estuvo obligada a intentar el trabajo de la cosecha.

"Nunca (lo pensé) porque vivía en el pueblo, no me crié en el campo. Entro en esto por necesidad, pero después, cuando comencé, como que me fue gustando", comentó la mujer de 34 años de edad, residente del barrio Yayales de Adjuntas.

Al principio lo hacía muy mal, no sabía qué grano coger, si el amarillo, rojo o verde, y los resbalones no faltaban.

"El primer día fue fuerte, cogí muy poco café", indicó la madre de tres hijos de 11, 13 y 15 años de edad.

Ahora le encanta sentir la brisa entre los cafetales, es relajante, dice. "Empieza uno a hablar con Papito Dios...".

Con el tiempo se volvió a enamorar y se casó, sin embargo, cuando "llega esta temporada, me gusta ser independiente, ganarme mi propio dinero y ayudarle a él".

La joven se levanta a las 6:00 de la mañana, manda a los nenes a la escuela y entra a la finca una hora después. Allí permanece hasta la 1:30 o 2:00 de la tarde. Se puede ganar unos $200 semanalmente.

Vidas ligadas al cafetal

El recogido del café ha sido una constante en las vidas de don Juan Núñez y doña Marta Bermúdez. Comenzaron a recogerlo desde los años de la adolescencia. Sus progenitores fueron sus mentores.

Así que al sobrepasar los 50 años de vida, las tareas asociadas a la siembra y recogido del fruto del cafeto siguen siendo el único medio posible de subsistencia.

"Si el café se acaba, imagínate tú, ¿de qué va a vivir uno?... De eso es que uno se hace su par de pesos a mitad de año", expuso Marta.

Ella sólo trabaja durante la cosecha, de septiembre a enero; el resto del año es ama de casa.

Sus labores complementan los ingresos que don Juan recibe por el trabajo que realiza el resto de los meses en la finca de su patrón.

"Me enseñó mi padre a trabajar. Yo trabajo igual que un hombre... Yo cojo café. Yo siembro café. Yo cargo. Yo abono. To' trabajo de finca yo lo hago", aseguró Marta.

Pero lo más difícil es trabajar cuando llueve: las caídas y resbalones se vuelven la orden de la jornada laboral. "Pa'l tiempo de agua es muy difícil", subrayó.

En un día, al mediodía, pueden haberse ganado entre $40 y $50, dijo.

Para su marido, las labores de campo son la única alternativa de trabajo. Se introdujo en las tareas agrícolas porque "no había más na, no había más na que hacer".

Y, como era de esperarse, es como inmune a las picadas de animales. "A tanto que me ha picao ya, ya no me hace efecto", dice.



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