lunes, 18 de mayo de 2009

Café de Costa Rica

Esfuerzo familiar cosecha el mejor café de Costa Rica

Jueces extranjeros le otorgaron premio por su sabor a cítricos y olor a chocolate

Terreno produce menos cantidad y más calidad, por lo que logra mejor precio

El desplome de los precios del café en 1987 puso a Héctor Bonilla entre la espada y la pared. En los siete años de la crisis una decisión se tornó cada vez más cercana: ir a trabajar en Estados Unidos.

La penuria lo guiaba a la misma suerte de cafetaleros que perdieron la tierra en su natal León Cortés, pero en 1994 el precio del café repuntó como un milagro en la Bolsa de Nueva York.

Héctor Bonilla tiró la maleta y se quedó con Cecilia Solís, su esposa, y sus tres hijos. No iría a un país extraño. La cotización salvó a su familia y a una finca de la quiebra: no tenía dinero ni para el abono.

La zozobra económica se calmó por un rato, pero a don Héctor le entró un anhelo: convertirse en productor independiente de café de alta calidad, uno librado de entregar la cosecha a la cooperativa y aguardar bajos réditos por el esfuerzo.

Imaginó un pequeño beneficio para procesar cada grano maduro sin correr el riesgo de que fuera mezclado con granos verdes o fermentados de baja calidad. Pensó en el nombre: Beneficio Don Mayo, en honor a su abuelo y así también bautizó su marca de café.

Quiso otra finca en la altura de León Cortés y cosechar calidad, no cantidad; cobrar por ese café especial hasta $275 el quintal, sin mediar cooperativas ni vaivenes de Wall Street, donde el viernes el precio para el productor tradicional cerró en $127,55 el quintal.

Soñó con todo, menos con que el viernes 8 de mayo del 2009 su café ganaría como el mejor del país por voto de 17 jueces internacionales.

Don Héctor dijo a La Nación el jueves pasado que aún se “pellizca para no despertar del sueño” de poseer el premio Taza de la Excelencia, que el 11 de junio le permitirá vender su café en una subasta por Internet.

En ella los compradores más finos del orbe ofrecen más de $1.000 por lotes como el suyo: un café tipo caturra de 15 sacos de 1,5 quintales cada uno. El monto es 10 veces más alto que el ofrecido en Wall Street a productores tradicionales.

Apoyo. Cuando don Héctor tuvo listo el plan del futuro familiar, su esposa lo apoyó. Muchos de sus salarios como enfermera en la clínica de San Marcos de Tarrazú ayudaron a concretar la meta.

En abril de 1997 la familia compró la finca de 10 hectáreas, la llamó Bellavista, en Llano Bonito de León Cortés, porque está a 1.900 metros de altura, entre valles pequeños y laderas de montaña en la zona de Los Santos (formada también por los cantones josefinos de Dota y Tarrazú).

Abonaron el terreno durante un año, pero el 1.° de julio de 1998 el sueño de sembrar allí la primera cosecha de café casi se trunca.

Don Héctor se accidentó en su carro al evitar un asalto en una calle de El Rosario de Desamparados. Estuvo tres meses en el hospital.

La familia temió su muerte. Luis Pablo, el mayor de los hijos, entonces de 19 años, dejó la Escuela de Medicina cerca de la capital y regresó a su casa. Su madre y sus hermanos Auxiliadora, de 17 años, y Josué, de 13, lo esperaban.

Los cuatro, con ayuda del tío Óscar Bonilla, plantaron en la finca cada mata de café que esperaba en el almácigo. Cuando las plantas se arraigaron, don Héctor recuperó la salud y se entregó a la finca por entero con sus hijos y su esposa.

Hoy, el mejor café del país huele a chocolate y sabe a naranja con limón. Se produce en pequeñas cantidades, en parcelas que producen 1.500 quintales por año.

Lo beben japoneses, italianos y estadounidenses. En ciertas cafeterías de Washington y California hay fotos de la finca Bellavista y del Beneficio Don Mayo.

El aroma y el sabor del café se logra con la recolección que hacen 100 indígenas de Chiriquí, Panamá, quienes entre enero y abril de cada año echan al canasto solo granos maduros. Por eso les pagan ¢900 por cajuela y no los ¢570 habituales.

Pero la fama de ese café también se debe a Josué, de 23 años, quien administra la finca, Auxiliadora de 27 encargada del mercadeo y Luis Pablo, quien maneja el beneficio. La vida de los Bonilla Solís es la del campo, no exenta de un trabajo de sol a sol que, adobado con amor y constancia, da prestigio al país donde quiera que se beba su café.



http://www.nacion.com/ln_ee/2009/mayo/18/economia1966984.html