martes, 18 de agosto de 2009

Café de Colombia

Cuidado con la Federación de Cafeteros

Nos oponemos a la candidatura de Juan Camilo Restrepo a la Gerencia de la Federación de Cafeteros, Porque ni su nombre ni sus actuaciones pueden separarse de la lucha política y de aquella vieja guardia cafetera, cuya desastrosa gestión tuvo por punto de cierre la quiebra más monumental que en Colombia hubo

Se quieren tomar la Federación de Cafeteros. Y se la quieren tomar para convertirla en un instrumento político y para que el café de un salto de garrocha de 20 años, hacia atrás. Y ese no es asunto que solo interese a los cafeteros, sino a la Nación entera. Aquello de que Colombia es café o no es nada, sigue guardando validez, aunque lo ignoren tantos con limitada visión de los temas que nos conciernen. Más de quinientos municipios del país son cafeteros y lo son casi todos sus departamentos. Del café viven más de 500.000 familias y más de un millón de personas tienen empleos directos relacionados con la producción del grano. La caficultura está en manos de la propiedad democrática más hermosa de América. Y quedaría mucho por decir.

Una de las más altas realizaciones del Gobierno de Álvaro Uribe es la de su política cafetera. En trabajo paciente, visionario y valeroso, contando con la ayuda del gremio, a regañadientes de una porción de nostálgicos del Antiguo Régimen, y con la obra maravillosa de Gabriel Silva Luján, se le dio un vuelco al mundo del café.

Ya no tiene la Federación la burguesía dorada que manejaba los negocios de pobres montañeros en Madrid, Bruselas, Londres, Roma, Nueva York o Río de Janeriro. Ya no se ha visto envuelta en las campañas fabulosas y fallidas de diversificación cafetera, que no valían sino para dejar ricos a los que las dirigían. Ya no es dueño el gremio de la segunda empresa más grande de Colombia, apenas superada por Ecopetrol. Ya no tiene, y no se quiebra, con la Flota Mercante, los bancos Cafetero y de Caldas, Concasa, las corporaciones financieras del Oriente, del Tolima, de Caldas, compañías de seguros, almacenes de depósito, líneas aéreas, Papelcol y varios otros desastres de aquella locura del pasado.

Ya no se produce café colombiano con el único destino de mezclarlo con los de pobre calidad, para enriquecer tostadores y comercializadores. Ya se defiende la calidad del café colombiano y se lo exporta con valores agregados inmensos. Ya no se pregonan las ventajas del café sembrado a pleno sol, para arruinar la tierra y destruir el bosque tutelar que garantizó tantos años el equilibrio biológico de la cordillera, la pureza de las aguas y la condición productiva de la ladera andina.

Y a todo eso se quiere volver. Con un agregado incomprensible. Y es que a la cabeza de la tropa de asalto viene un hombre inteligentísimo e ilustradísimo, que representa ese sombrío pasado, del cual fue soldado de primera fila y beneficiario directo, y que además es un animal político, en extremo beligerante, ambas cosas dichas con la mejor intención y para ser entendidas en el mejor sentido. Pero esa es la peor receta que puede dársele a un gremio productor. El propietario cafetero. El que siembra y recoge el grano. El que lo cosecha, lo procesa y lo vende. El montañero de alpargata y mulera, no tiene como tal nada que ver con la política. Y el día que lo mezclen en ella, adiós a su paz, a su interés particular, a la transparencia de su causa.

Poe esas razones fundamentales nos oponemos a la candidatura de Juan Camilo Restrepo a la Gerencia de la Federación Nacional de Cafeteros. Porque ni su nombre ni sus actuaciones pueden separarse de la lucha política y de aquella vieja guardia cafetera, cuya desastrosa gestión tuvo por punto de cierre la quiebra más monumental que en Colombia hubo. Quiebra económica, de principios y de resultados gremiales. Que es todo lo contrario de lo que significó la tarea magnífica de Silva Luján y de quienes lo acompañaron en ella y del Gobierno que fue elemento decisivo en aquellas rectificaciones de conducta, de orientación, de actitud y por supuesto, en el cambio de resultados.

No nos interesa volver a esa batalla. La libramos por no menos de treinta años y la creíamos concluida. Pero si nos retan, volvemos a la palestra. Y no estaremos solos. Este sería el más sonoro debate que en Colombia se hiciera en mucho tiempo. Nos dirán cuándo empezamos.



http://www.lapatria.com/Noticias/ver_noticiaOpinion.aspx?CODNOT=73648&CODSEC=13